El pasado 14 de octubre me sorprendió la noticia de la muerte de Benoît Mandelbrot. Me sorprendió porqué los medios de comunicación no se han hecho eco de esta noticia y lo descubrí a través de la blogosfera.
Lo que más me impresionó la primera vez que tuve noticia de los fractales (relatado por el propio Mandelbrot) fue la sensación clara de estar observando por primera vez un fenómeno de naturaleza. Era similar a la sensación que debían tener los primeros microbiólogos cuando se asomaron con sus primitivos microscopios a un fascinante mundo que siempre había estado ahí sin que nosotros lo supiéramos. Aunque en este caso la fascinación era por partida doble, ya que no se trataba de un escenario de la naturaleza, tal y como lo entendemos, sino de una fórmula matemática, de una función recurrente sin visos de realidad. El microscopio había sido sustituido por un programa de ordenador. Y lo que es más fascinante, las imágenes que aparecieron no sólo fueron de una inquietante belleza, sino que además plantearon problemas de topología de gran calado.
Estés donde estés, Mandelbrot, me sigues despertando una sana envidia.
