“Si la tierra fuera plana debería ser infinita”, decía un profesor de filosofía, “de esta forma no llegaríamos nunca a sus límites y ese mundo plano sería metafísicamente habitable” Desde entonces he pensado muchas veces en cómo podría ser la vida en un mundo plano de dimensiones infinitas.
Hay una manera sencilla de convertir nuestra bola terráquea en un plano infinito. Supongamos que cogemos la bola del mundo y la ponemos sobre una mesa. Si queremos saber en que punto de la mesa estaría , por ejemplo, la ciudad de Barcelona, unimos mediante una recta el polo Norte y la ciudad. El punto en donde dicha recta corte al plano de la mesa, será la nueva ubicación de Barcelona. Esto se puede hacer con todos los puntos del mundo y obtener una correspondencia uno-a-uno entre la bola terráquea y el plano. A poco que pensemos nos daremos cuenta de que este tipo de proyección (capaz de conservar los ángulos) no conserva para nada las distancias. Todas las ciudades de los países que se encuentran en el hemisferio Sur están entre sí a distancias razonables. Pero conforme vamos subiendo, las distancias aumentan de forma progresiva hasta el infinito. En las cercanías del Polo Norte, distancias de algunos metros se pueden convertir, en el plano, en varios millones de kilómetros. Para convencerse basta con hacer una sencilla regla de tres. Así, nuestro mundo plano tendría, desde siempre y para siempre, territorios jamás explorados. En particular, el punto que representa el polo Norte, aquel en el que los exploradores clavan una banderita, sería el punto del infinito. Un punto que mirando hacia arriba, en nuestra esfera virtual, podríamos ver, pero jamás alcanzar (quizá sea esta una buena definición del infinito).
Este mundo plano podría tener algunas ventajas, como recursos naturales inagotables, pero también algunos inconvenientes serios: en un plano no orientable es muy fácil perderse. A lo mejor el mundo es redondo para que no nos perdamos, por muchas vueltas que le demos.
LA VANGUARDIA – 25-01-1997